08/08/2007

los tres ciegos...

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(un poco largo, pero vale la pena hasta el final Había una vez tres sabios. Y eran muy sabios. Aunque los tres eran ciegos. Como no podían ver, se habían acostumbrado a conocer las cosas con solo tocarlas. Usaban de sus manos para darse cuenta del tamaño, de la calidad y de la calidez de cuanto se ponía a su alcance. Sucedió que un circo llegó al pueblo donde vivían los tres sabios que eran ciegos. Entre las cosas maravillosas que llegaron con el circo, venía un gran elefante blanco. Y era tan extraordinario este animal que toda la gente no hacía más que hablar de él. Los tres sabios que eran ciegos quisieron también ellos conocer al elefante. Se hicieron conducir hasta el lugar donde estaba y pidieron permiso para poder tocarlo. Como el animal era muy manso, no hubo ningún inconveniente para que lo hicieran. El primero de los tres estiró sus manos y tocó a la bestia en la cabeza. Sintió bajo sus dedos las enormes orejas y luego los dos tremendos colmillos de marfil que sobresalían de la pequeña boca. Quedó tan admirado de lo que había conocido que inmediatamente fue a contarles a los otros dos lo que había aprendido. Les dijo: - El elefante es como un tronco, cubierto a ambos lados por dos frazadas, y del cual salen dos grandes lanzas frías y duras. Pero resulta que cuando le tocó el turno al segundo sabio, sus manos tocaron al animal en la panza. Trataron de rodear su cuerpo, pero éste era tan alto que no alcanzaba a abarcarlo con los dos brazos abiertos. Luego de mucho palpar, decidió también él contar lo que había aprendido. Les dijo: - El elefante se parece a un tambor colocado sobre cuatro gruesas patas, y está forrado de cuero con pelo para afuera. Entonces fue el tercer sabio, y agarró el animal justo por la cola, se colgó de ella y comenzó a hamacarse como hacen los chicos con una soga. Como esto le gustaba a la bestia, estuvo largo rato divirtiéndose en medio de la risa de todos. Cuando dejó el juego, comentaba lo que sabía. También él dijo: - Yo se muy bien lo que es un elefante. Es una cuerda fuerte y gruesa, que tiene un pincel en la punta. Sirve para hamacarse. Resulta que cuando volvieron a casa y comenzaron a charlar entre ellos lo que habían descubierto sobre el elefante no se podían poner de acuerdo. Cada uno estaba plenamente seguro de lo que conocía. Y además tenía la certeza de que sólo había un elefante y de que los tres estaban hablando de lo mismo. Pero lo que decían parecía imposible de concordar. Tanto charlaron y discutieron que casi se pelearon. Pero al fin de cuentas, como eran los tres muy sabios, decidieron hacerse ayudar, y fueron a preguntar a otro sabio que había tenido la oportunidad de ver al elefante con sus propios ojos. Y entonces descubrieron que cada uno de ellos tenía razón. Una parte de la razón. Pero que conocían del elefante solamente la parte que habían tocado. Y le creyeron al que lo había visto y les hablaba del elefante entero. En todos los juicios que yo hago sobre ti, hay un juicio sobre mí mismo... Y ambos son igualmente ciertos o falsos. Mientras piense que yo estoy en posesión de la verdad y tú no lo estás, crearé separación, desigualdad y estableceré las bases para que el sufrimiento se instale en mi vida. Lo mismo ocurre si pienso que tú posees la verdad y yo no. La realidad es que ambos poseemos una parte de la verdad y una parte de ilusión. Los dos miramos al mismo elefante, pero tú ves la cola y yo veo el tronco. Cuando se mira por separado, la cola y el tronco parecen que no tienen nada en común. Sólo cuando se ve la totalidad del elefante es cuando la cola y el tronco unidos, cobran sentido. no importa cuanto me esfuerce, me es imposible ver el significado de tu parte. La cola no comprende ni el porqué, ni la razón del tronco. La única forma en la que admitiré tu experiencia es aceptarla como cierta, de la misma manera que acepto la mía como tal. Debo dar la misma credibilidad a tus percepciones que a las mías. Hasta que no establezcamos esta igualdad, la semilla del conflicto permanecerá entre nosotros. No es necesario que diga que tú tienes razón y que yo estoy equivocado. No necesito reemplazar mi verdad por la tuya, o vivir mi vida según tus premisas. Ni tampoco es preciso que diga que tú estás equivocado y que insista en que debes vivir tu vida según mis condiciones. Estas exigencias provienen de la inseguridad y de la falsa creencia de que, para amarnos los unos a los otros, debemos estar de acuerdo. No es cierto. Para amarte debo aceptarte tal y como eres. Es lo único que debo hacer. ¡Pero eso es mucho! Aceptarte a ti tal y como eres, es una proposición tan profunda, como aceptarme a mí mismo tal y como soy. Es una tarea formidable, dada mi poca experiencia en este campo. Permitir que tengas tu experiencia es el principio. Aprendo a respetar lo que piensas y sientes incluso cuando no me gusta o no estoy de acuerdo con ello. Incluso aunque me disguste. En lugar de hacerte responsable del dolor que siento en relación a ti, aprendo a enfrentarme a mi propio dolor. Mi reacción a tu experiencia -positiva o negativa- me proporciona información sobre mí mismo. El compromiso conmigo mismo y contigo es trabajar con mi propio dolor, no responsabilizarte a ti de él. Sólo cuando te devuelva el don de tu propia experiencia, sin imponerte mis propios pensamientos y sentimientos sobre ella, te amaré sin condiciones. Cuando acepte tu experiencia tal cual es, sin sentir la necesidad de cambiarla, te respetaré y te trataré como a un ser espiritual. Mis pensamientos y sentimientos tienen importancia en sí mismos, pero no como comentarios o acusaciones a tu experiencia. Al comunicar lo que pienso o siento sin hacerte responsable de mis pensamientos y sentimientos, acepto mi propia experiencia y permito que tú tengas la tuya. En las relaciones, al igual que en la conciencia, las dos caras de la moneda deben ser aceptadas como iguales. Una persona no superará el conflicto hasta que la experiencia de ambas haya sido respetada. La cuestión no es nunca el acuerdo, aunque lo parezca. La cuestión es: ¿Somos capaces de respetar nuestra experiencia mutuamente? Cuando sentimos que la otra persona nos acepta tal y como somos, tenemos la motivación para adaptarnos el uno al otro. Adaptarse es hacerle al otro un lugar junto a nosotros; es no imponerse ni que se nos impongan. Una vez que se llega a la adaptación, ambas partes moran juntas. El hombre y la mujer, el blanco con el negro, el rico con el pobre. Aceptar nuestras diferencias es honrar la humanidad que tenemos en común, es bendecir mutua y profundamente la experiencia que compartimos. De modo que la cola y el tronco discutirán hasta ponerse morados y ninguno de los dos ganará la discusión. Ambas experiencias son igualmente válidas. Al permitir que esto sea posible, el elefante empieza a cobrar forma. Al aceptar la validez de tu experiencia sin intentar cambiarla, sin intentar que sea algo más parecida a la mía, mi propia experiencia empezará a adquirir un mayor significado. Cuando te contemplo como a un igual y no como a alguien que precisa ser educado, reformado o determinado, el significado de nuestra relación se revela por sí mismo. Cuando se le da la bienvenida a cada parte, el todo empieza a tomar forma y resulta más fácil comprender y apreciar el significado de las partes. Un mundo que pretende conseguir un acuerdo, encontrará conflicto y sectarismo. Un mundo que proporciona un espacio seguro a la diversidad, encontrará la unidad esencial para convertirse en entero. Frente a los opuestos tenemos dos opciones: resistirlos o abrazarlos. Si los resistimos, provocaremos un conflicto entre el yo y el otro. Si los aceptamos, los integraremos como agentes dinámicos y originaremos una transformación alquímica en el interior del yo.

Del libro El Despertar Raúl Ferrini

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«´¨`·..¤... Pétalo..¤..·¨`»

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24/05/2007

Quiero...

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(Cuento De Bucay)

 

Quiero que me oigas sin juzgarme. Quiero que opines sin aconsejar­me. Quiero que confíes en mí sin exigirme. Quiero que me ayudes sin in­tentar decidir por mí. Quiero que me cuides sin anularme. Quiero que me mires sin proyectar tus cosas en mí. Quiero que me abraces sin asfixiarme. Quiero que me animes sin empujarme. Quiero que me sostengas sin ha­certe cargo de mí. Quiero que me protejas sin mentiras. Quiero que te acerques sin invadirme. Quiero que conozcas las cosas mías que más te disgusten. Que las aceptes y no pretendas cambiarlas. Quiero que sepas... Que hoy puedes contar conmigo... Sin condiciones

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09/04/2007

Pegarle a un Maestro..

Lo sabe un chico de cuatro años, de salita celeste, que ni siquiera sabe
hablar correctamente.
Lo sabe un chico de seis años, que ni siquiera sabe escribir.
Lo sabe un chico de doce años, que desconoce todas las materias que le
deparará el secundario.
Lo sabe un adolescente de diecisiete años, aunque sea la edad de las
confusiones, la edad en la que nada se sabe con certeza.
Lo saben sus padres.
Lo saben sus abuelos.
Lo sabe el tutor o encargado.
Lo saben los que no tienen estudios completos.
Lo sabe el repetidor.
Lo sabe el de mala conducta.
Lo sabe el que falta siempre.
Lo sabe el rateado.
Lo sabe el bochado.
Lo sabe hasta un analfabeto.
No se le pega a un maestro.
No se le puede pegar a un maestro.
A los maestros no se les pega.
Lo sabe un chico de cuatro años, de seis, de doce, de diecisiete, lo saben
los repetidores, los de mala conducta, los analfabetos, los bochados, sus
padres, sus abuelos, cualquiera lo sabe, pero no lo saben algunos
gobernadores.
Son unos burros.
No saben lo más primario.
Lo que saben es matar a un maestro.
Lo que saben es tirarles granadas de gas lacrimógeno.
Lo que saben es golpearlos con un palo.
Lo que saben es dispararles balas de goma.
A los maestros.
A maestros.
Lo que no saben es que se puede discutir con un maestro.
Lo que no saben es que se puede estar en desacuerdo con lo que el maestro
dice o hace.
Lo que no saben es que un maestro puede tener razón o no tenerla.
Pero no se le puede pegar a un maestro.
No se le pega a un maestro.
A los maestros no se les pega.
Y no lo saben porque son unos burros.
Y si no lo saben que lo aprendan.
Y si les cuesta aprenderlo que lo aprendan igual.
Y si no lo quieren aprender por las buenas, que lo aprendan por las malas.
Que se vuelvan a sus casas y escriban mil veces en sus cuadernos lo que todo
el mundo sabe menos ellos, que lo repitan como loros hasta que se les grabe,
se les fije en la cabeza, lo reciten de memoria y no se lo olviden por el
resto de su vida; ellos y los que los sucedan, ellos y los demás
gobernadores, los de ahora, los del año próximo y los sucesores de los
sucesores, que aprendan lo que saben los chicos de cuatro años, de seis, de
doce, los adolescentes de diecisiete, los rateados, los bochados, los
analfabetos, los repetidores, los padres, los abuelos, los tutores o
encargados, con o sin estudios completos:
Que no se le pega a un maestro.
No se le puede pegar a un maestro.
No debo pegarle a un maestro.
A los maestros no se les pega.
Sepan, conozcan, interpreten, subrayen, comprendan, resalten, razonen,
interioricen, incorporen, adquieran, retengan este concepto, aunque les
cueste porque siempre están distraídos, presten atención y métanselo en la
cabeza: los maestros son sagrados.
 
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Por Mex Urtizberea . Para LA NACION . Viernes 6 de abril de 2007

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06/02/2007

Ella y yo...

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Ella y yo hacíamos el amor diariamente.
En otras palabras, los lunes, los martes y los miércoles hacíamos el amor invariablemente...
Los jueves, los viernes y los sábados, hacíamos el amor igualmente...
Por último los domingos hacíamos el amor religiosamente...
Hacíamos el amor compulsivamente.
Lo hacíamos deliberadamente.
Lo hacíamos espontáneamente.
Hacíamos el amor por compatibilidad de caracteres, por favor, por supuesto,
por teléfono, de primera intención y en última instancia, por no dejar y por si acaso, como primera medida y como último recurso.
Hicimos el amor por ósmosis y por simbiosis: y a eso le llamábamos hacer el amor científicamente.
Pero también hicimos el amor yo a ella y ella a mí, es decir,
recíprocamente

Y cuando ella se quedaba a la mitad de un orgasmo y yo con el miembro convertido en un músculo fláccido no podía llenarla, entonces hacíamos el amor lastimosamente.
Lo cual no tiene nada que ver con las veces en que yo me imaginaba que no iba a poder y no podía, y ella pensaba que no iba a sentir y no sentía, o bien estábamos tan cansados y tan preocupados que ninguno de los dos alcanzaba el orgasmo.
Decíamos entonces, que habíamos hecho el amor aproximadamente.
O bien a Estefanía le daba por recordar las ardillas que el tío Esteban le trajo de Wisconsin que daban vueltas como locas en sus jaulas olorosas a creolina, y yo por mi parte recordaba la sala de la casa de los abuelos con sus sillas vienesas y sus macetas de rosas esperando la eclosión de las cuatro de la tarde...
así era como hacíamos el amor nostálgicamente, viniéndonos mientras nos íbamos tras viejos recuerdos.
Muchas veces hicimos el amor contra natura, a favor de natura, ignorando a natura.
O de noche con la luz encendida, o de día con los ojos cerrados.
O con el cuerpo limpio y la conciencia sucia.
O viceversa.
Contentos, felices, dolientes, amargados.
Con remordimiento y sin sentido.
Con sueño y con frío.
Y cuando estábamos concientes de lo absurdo de la vida y de que un día nos olvidaríamos el uno del otro, entonces hacíamos el amor inútilmente.
Para envidia de nuestros amigos y enemigos hacíamos el amor ilimitadamente, magistralmente, legendariamente.
Para honra de nuestros padres, hacíamos el amor moralmente,
Para escándalo de la sociedad, hacíamos el amor ilegalmente.
Para alegría de los psiquiatras hacíamos el amor sintomáticamente
Hacíamos el amor físicamente, de pie y cantando, de rodillas y rezando,acostados y soñando.
Y sobre todo, y por la simple razón de que yo lo quería así y ella también ,hacíamos el amor voluntariamente...

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31/12/2006

Año nuevo...

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Yo te deseo la locura, el valor, los anhelos, la impaciencia.

Te deseo la fortuna de los amores y el delirio de la soledad.

Te deseo el gusto por los cometas, por el agua y los hombres.

 Te deseo la inteligencia y el ingenio.

Te deseo una mirada curiosa, una nariz con memoria,

una boca que sonría y maldiga con precisión divina,

unas piernas que no envejezcan, un llanto que te devuelva la entereza.

Te deseo el sentido del tiempo que tienen las estrellas,

 el temple de las hormigas, la duda de los templos.

Te deseo la fé en los augurios, en la voz de los muertos,

 en la boca de los aventureros, en la paz de los hombres que olvidan su destino,

en la fuerza de tus recuerdos y en el futuro como la promesa

donde cabe todo lo que aún no te sucede.

Amén.

Ángeles Mastretta

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04/12/2006

CONSERVACION DE LOS RECUERDOS...

lOS FAMAS PARA CONSERVAR SUS RECUERDOS

PROCEDEN A EMBALSAMARLOS DE LA SIGUIENTE FORMA:

LUEGO DE FIJADO EL RECUERDO,CON PELOS Y SEÑALES

LO ENVUELVEN DE PIES A CABEZA EN UNA SABANA NEGRAmedium_1139957150_f.jpg Y LOS

 COLOCAN PARADO CONTRA LA PARED DE LA SALA,CON

UN CARTELITO QUE DICE "EXCURSION A QUILMES",O:

"FRANK SINATRA".

lOS CRONOPIOS, EN CAMBIO,ESOS SERES DESORDENADOS

Y TIBIOS,DEJAN LOS RECUERDOS SUELTOS POR LA CASA,

ENTRE ALEGRES GRITOS,Y ELLOS ANDAN POR EL MEDIO Y CUANDO PASAN

CORRIENDO UNO LO ACARICIA CON SUAVIDAD Y LE DICE:"NO VAYAS A LASTIMARTE"

Y TAMBIEN "CUIDADO CON LOS ESCALONES"...

ES POR ESO QUE LAS CASA DE LAS FAMAS SON ORDENADAS Y SILENCIOSAS,

MIENTRAS EN LAS DE LOS CRONOPIOS HAY UNA GRAN BULLA

Y LAS PUERTAS SE GOLPEAN.

lOS VECINOS SE QUEJAN SIEMPRE DE LOS CRONOPIOS ,Y LAS FAMAS

MUEVEN LA CABEZA COMPRENSIVAMENTE Y VAN A VER SI LAS ETIQUETAS

ESTAN TODAS EN SU SITIO.

 

 JULIO CORTAZAR

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24/09/2006

Voces del mar

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Me sumerjo en el maravilloso y azul mar
Que en burbujas acaricia todos mis espacios
Un silencio lleno de amorosos cantos
Luces magníficas , arco iris cayendo en cascadas
Los escuchas?, Ángeles del mar
Mirándome con sus dulces ojos,
Me envuelven en un giro de dulzuras
Y en el silencio azul de caracolas y nácar
Comienza una danza de amores y reencuentros
Magníficas voces y tonos musicales
Buscan el contacto en las profundas aguas
Acunados por las infinitas madres
Que los agrupan, siempre unidos
Círculos con círculos
Acariciándose tocando todas las instancias
Me muestran su armonía, unidos
En su alma-niño alegres
Siempre unidos,
en caracolas y cristales
Los escuchas?
Nos muestran el Alma tantas
veces ignorada, jamás escuchada
recuerda, es el niño que esta en todos
tus espacios, abre las puerta de tu corazón
y sana, como los Ángeles del mar
el corazón de tu hermano.
Los escuchas?, el susurro viaja
A través de los mares, el mensaje de amor
recorre miles de distancias
Y llega a todas la almas
Sana, amado, tu corazón, aprende de ellos
Y sana, los Ángeles del mar has escuchado.
Y el mensaje es: expande tu corazón mas allá
Del Universo, es hora....
Ábrete al Amor.
Están esperando tu regreso.

 

Extraído del Libro

 "Perlas del Alma" de Silvia S. Zimerman

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18/07/2006

Propiedades del triste...

 En este elogio filosófico se argumenta que, a diferencia de la melancolía, la tristeza muchas veces fortalece y adecenta. Atributo de eminente lucidez, ese estado de ánimo tiene como actividad preeminente la contemplación y como una de sus características el estoicismo
  
Hay por lo menos dos acepciones del triste. Una que lo da como abatido, hace de él un derrotado a manos de su pesar. La otra, en cambio, no lo reduce al motivo de su desdicha. Sin dejar de consignarlo como un alma en la que el dolor ha impreso su huella, esta segunda acepción decreta que el triste, a diferencia del melancólico, no ha sido aniquilado por su pena. Digamos, pues, que si bien se trata de un náufrago, no se trata de un ahogado.

La del triste, en el sentido en que me importa, no es una vida ofrendada al bien perdido. No sería un triste, sin embargo, si no perdurara en él la estela de esa luz que se apagó. Más aún: si ella no infundiera a su voz, a su gesto, a su mirada, un matiz determinante. El triste es triste porque aquello que le falta -ya sea porque nunca lo tuvo o bien porque lo perdió- también lo constituye.

Aventuro un paso más: a diferencia de la melancolía que arrasa, creo que la tristeza muchas veces fortalece y adecenta. Quien se muestra trabajado por ella ha resuelto darse a ver en su claroscuro. Eso no significa que ande sediento de confidencia y consuelo ni empeñado en opacar las alegrías a las que, de tanto en tanto, accede. En todo caso, al triste no lo urge la confesión sino la afinidad. Sus almas gemelas son almas tocadas por penas similares a la suya, penas a las que han sabido rehacer, transfigurándolas en obra o emprendimiento y sobre las que, literalmente, ya no necesitan volver. Es la huella decantada de un llanto lo que el triste cabal ofrece, no ese llanto como tal. Y acaso por eso acierta el hondo Fernando Ulloa al llamar "meditada y húmeda" a la tristeza.
II
El triste a cuyo lado mejor me siento es sobrio en sus modales y lento en el decir, como si, vacilando, se sincerara. El suyo suele ser un medio tono, el que tiende más bien a ser bajo. Como si buscara, en la cautela de lo que es poco menos que un susurro, algún amparo que lo resguarde de la tentación de pasar por uno que está indemne en su saber.

El hombre que ha podido volver de la ceniza trae en su voz la aspereza del silencio que casi lo consumió. Y si me agrada el efecto de esa íntima tristeza sobre la modulación de las palabras es porque promueve una cercanía que casi no demanda sustento conceptual. Al igual que los caballeros de la fe, a los que Sören Kierkegaard alude, los tristes cabales más que oírse, se olfatean, más que buscarse se encuentran, y al escucharse confirman lo que ya al verse supieron.

Somos también lo que resta de la certeza de contar con una identidad que alguna vez pareció estar, si no en nuestras manos, al menos a nuestro alcance y sin embargo no pudimos atrapar. Ese residuo tenaz, que en su forma más discernible se impone como insolvencia para saber con plenitud de nosotros mismos, es la fuente sustancial de la tristeza que palpita en toda vida lograda. Pues sólo en una vida lograda ese residuo intransigente resulta realmente diáfano como enigma irreductible de toda identidad. Es decir que cuando mejor se lo discierne es cuando menos mentida y trunca está esa vida. Sólo una vida de veras lograda conoce la radicalidad de los grandes fracasos, ésos que no resultan de lo que nos pasa sino de lo que irremediablemente somos.

La tristeza es mansa, suave, se insinúa. No irrumpe jamás con violencia ni florece en la desesperación. No clama ni estalla. Se filtra, gotea, es levedad. La tristeza es ese dejo de profunda y serena incomprensión o insuficiencia que corona todo saber, todo hacer, todo creer. En este sentido, la tristeza es la metáfora extrema con la que se triunfa sobre una literalidad extenuante. ¿Cómo no reconocerla en esa formidable caracterización que el maestro Alberto Caeiro le brinda a Alvaro de Campos? Este le ha preguntado si está contento consigo mismo y Caeiro le responde: "No, estoy contento".

Es que la tristeza cabal corona la faena de autodiscernimiento cumplida sobre la propia existencia. Si concibo la tristeza como atributo eminente de la lucidez es porque complementa la penetración que distingue a las ideas inspiradas con la conciencia radical de que toda interpretación, siendo indispensable, es a la vez totalmente provisional, fruto de coyunturas que sin cesar se suceden o modifican. La búsqueda incansable del matiz en el arte de la reflexión no responde sino a ese desesperado afán de retrasar al máximo el encuentro con la insuficiencia insuperable. Y al influjo de ese matiz sólo se abre el alma herida por el tajo de una gran pérdida a la que, no obstante, ha sido capaz de sobrevivir y que no es, necesariamente, la de alguien o la de algo sino la de no poder ser inequívoco.

La tristeza es ese levísimo barniz de humor que nos acompaña aun en la expresión de lo que con mayor seriedad decimos.

La tristeza es el indicio candente de un fracaso insoslayable que opera como advertencia y freno al borde de la pendiente de los excesos y la fascinación por lo rotundo. Nada nos cura mejor del amor propio y la jactancia que el reencuentro periódico con las raíces nunca marchitas de esa tristeza que con tanta nitidez deja su impronta en nuestra voz y en nuestros ojos, en los gestos y hasta en el paso. Y que se anuncia en casi todo lo que somos, cuando de veras hemos aprendido a reconocer la imponderabilidad final que encierra el hecho de ser uno por una única vez.

Hay, claro que sí, algo de estoico en el triste. Sobre todo si al estoico se lo entiende como aquel que ha aprendido a ser ecuánime con el dolor, a tratar con él sin dejarse consumir por el padecimiento.

Leopardi, Modigliani, Dvôrák en sus quintetos 1 y 97, Satie, Caproni y Pessoa figuran, junto a Emile Cioran, entre mis tristes dilectos. Veo en ellos a grandes baquianos del mutismo que sumerge al corazón cuando se vive una gran congoja. Creo advertir tristeza en casi todos los pronunciamientos filosóficos y políticos de Camus. Es decir que reconozco en ellos una fortaleza ética no reñida con el sentimiento de lo trágico, tenaz y desesperanzada a la vez. Algo similar se advierte en Claudio Magris y en la prosa de Víctor Massuh. "El hombre es una voluntad de forma", señala éste dando a entender que el caos es la inagotable materia prima de su incesante configuración.

La vitalidad de mi tristeza aflora con frecuencia frente a mi ventana, mientras contemplo extasiado los fugaces atardeceres de junio; en las primeras mañanas del invierno, dejándome ir temprano por las calles semidesiertas, embriagado por esa mínima promesa de luz con que despierta el día o al presentir la secreta raíz del impulso que me dicta, al escribir, ciertas palabras y no otras.

A ser un triste se llega obrando sobre un hondo desconsuelo. Poco importa cuál. Transfigurado por el triste cabal, ese desconsuelo pasará a ser un modo ganado de andar por el mundo. Nadie, no obstante, que de veras aspire a hablar puede darse por expresado. Y no por falta de palabras sino de materia expresable. Sólo podemos sugerir, esbozar, insinuar a medias una identidad que no termina de ser tal y por eso no ingresa de lleno en la enunciación. No nos falta saber del objeto sino objeto a secas sobre el cual llegar a saber. Y el triste es triste también porque lo sabe. Como sabe que nadie, al callar, puede darse por liberado del pesar que genera lo indecible. Es que en el triste perdura, como bien me ha dicho Isidoro Vegh, "una sensibilidad del primer destierro".
III
Entre todos los seres vivos que podemos reconocer, sólo el hombre, hasta donde lo sé, es capaz de contemplar. Contemplar es, a mi entender, la actividad preeminente del triste. El triste, que tantas veces parece ausente, en verdad no lo está. Está, eso sí, abstraído, modelado por una ausencia. Quien contempla se entrega a la errancia de un ver descentrado y sin meta cuya única intención es ese dejarse vagar por la abundancia de lo que se le ofrece reconfigurándose, sustrayéndose una y otra vez al inventario de lo clasificable.

Justamente, al no empeñarnos en imponer un significado preciso a aquello que, de tanto en tanto, se nos brinda a condición de no pretender atraparlo en un sentido -el mar, los cielos, el desierto, la noche estrellada, el dorso resplandeciente de una hoja otoñal, nuestro propio rostro en el espejo-, al sostenernos en esa imposibilidad de discernimiento conceptual pleno que acompaña lo que no obstante aprehendemos, contemplamos, nos templamos al calor de lo que sólo se deja frecuentar si no cedemos al afán clasificatorio. "Lo abierto" ha llamado Rilke a cuanto incidiendo sobre el hombre excede la significación que éste pueda imponerle. Mira quien observa pero quien contempla responde con la suya a la presencia de lo anónimo que insiste en hacerse patente allí donde somos capaces de entregarnos al trato con lo inconcebible, a la errancia semántica que ese trato implica. Es que quien contempla se deja ir.

La emoción que entonces embarga al contemplativo, la conmoción que entonces tiene lugar dan sustento a los posibles menesteres del triste. Algo hará el triste a su turno con aquello que antes pudo con él acallándolo. Y tanto en lo hecho como en su modo de hacer, se advertirá la traza del vacilante, el roce con lo indecible del que proviene, y que vulneró tanto su sentimiento habitual de identidad como el significado que convencionalmente atribuyó a las cosas. Esas cosas que de pronto se liberan, se dislocan y asombrándonos por la fuerza con que se insubordinan al trato familiar, nos interpelan con una intensidad desconocida.

Triste es aquel que no olvida ni quiere olvidar la certidumbre de que nada le habla más íntimamente de su propia imponderabilidad que esa exposición a la luz radical de lo anónimo, que esa presencia indesignable que atraviesa la suya y a la que con frecuencia el hombre intenta inscribir de algún modo en un nombre que acote y revele a la vez su desmesura: aurora, dolor, tierra, océano, horizonte; semblante del que acaba de morir, ocaso, rostro del recién nacido, voz amada o los nombres de Dios.

Todas éstas pueden llegar a ser, entre tantas y tantas otras, expresiones de lo que Karl Jaspers designa como "lo incondicionado", temblorosas configuraciones de lo inviable en términos de medida y de contorno, presencias que con su intensidad remiten a lo que desborda el lenguaje.

De esta desmesura sólo soportable en el hechizo de la contemplación, de la cual la poesía siempre es fuente y fruto simultáneo, pareciera provenir un indicio de la verdad de nuestro propio ser que, no sé por qué, nos entristece, es decir, nos afecta mediante la exhibición de nuestra irremediable impotencia para sobrellevar nuestra finitud sin padecerla.

¿Qué discernimos al no comprender esa imponderabilidad con la que no pueden los ojos ni el entendimiento y a la que sin embargo nuestra sensibilidad accede? Triste es, en ese caso, quien, tras haberse visto sumergido en semejante conmoción, logra tomar la palabra dejando ver, en cuanto dice, la huella de la desmesura que ha soportado.
IV
El del triste es, pues, un estatuto posterior al del perdedor. Posterior y superador. Al infundir a su pena rango sublimatorio, el triste puede perfilarse como un sujeto que sufre y no verse reducido al dolor que lo consume. Pero si bien no consiste en su abismo, tampoco, sin ese abismo, puede consistir. Carga con sus muertos, no los abandona, y ello prueba que ha sobrevivido. El melancólico, en cambio, perdedor por excelencia, sólo se deja ver como expresión de los muertos que lo abruman y con los que, por eso mismo, no logra cargar. Mientras el melancólico brilla por su ausencia como persona, en el triste la ausencia resplandece bajo la forma innovadora de una recreación. Y ésta es, curiosamente, su alegría. La alegría de superar la inmovilidad que busca imponerle su pena. El destino ulterior que a ella sabe infundirle constituye la materia de su módico entusiasmo, la expresión de su contento. De su singular contento de alquimista.

Por Santiago Kovadloff
Para LA NACION-BUENOS AIRES, 2006

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26/05/2006

Irse...(Mario Benedetti)

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Cada vez que te vayas de vos misma
no olvides que te espero,
en tres o cuatro puntos cardinales
 
Siempre habrá un sitio donde quiera
con un montón de bienvenidas.
Todas te reconocen desde lejos
y aprontan una fiesta tan discreta
sin cantos, sin fulgor, sin tamboriles
Que solo vos sabrás que es para vos
 
Cada vez que te vayas de vos misma
procura que tu vida ,no se rompa
y tu otro vos,no sufra el abandono
y por favor no olvides que te espero
con este corazón recién comprado
en la feria mejor de los domingos
 
Cada vez que te vayas de vos misma
No destruyas la vía de regreso.
Volver es una forma de encontrarse.
Y así veras que allí te espero.

 

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15/05/2006

He aqui que tu estas sola...Jaime Sabines

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 He aquí que tú estás sola  y que estoy solo.
Haces tus cosas diariamente y piensas
y yo pienso y recuerdo y estoy solo.
A la misma hora nos recordamos algo
y nos sufrimos. Como una droga mía y tuya
somos, y una locura celular nos recorre
y una sangre rebelde y sin cansancio.
Se me va a hacer llagas este cuerpo solo,
se me caerá la carne trozo a trozo.
Esto es lejía y muerte.
El corrosivo estar, el malestar
muriendo es nuestra muerte.Yo no sé dónde estás. Yo ya he olvidado
quién eres, dónde estás, cómo te llamas.
Yo soy sólo una parte, sólo un brazo,
una mitad apenas, sólo un brazo.
Te recuerdo en mi boca y en mis manos.
Con mi lengua y mis ojos y mis manos
te sé, sabes a amor, a dulce amor, a carne,
a siembra, a flor, hueles a amor, y a mí.
En mis labios te sé, te reconozco,
y giras y eres y miras incansable
y toda tú me suenas
dentro de corazón como mi sangre.
Te digo que estoy solo y que me faltas.
Nos faltamos, amor, y nos morimos
y nada haremos ya sino morirnos.
Esto lo sé, amor, esto sabemos.
Hoy y mañana, así, y cuando estemos
en nuestros brazos simples y cansados,
me faltarás, amor, nos faltaremos.

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29/04/2006

niño interior...

"Jamás dejes de ser un niño....Nunca dejes de sentir, gustar, ver y extasiarte ante cosas tan grandes como el aire, el vuelo y los sonidos de la luz del sol en tu interior. Si quieres, usa la máscara para proteger al niño del mundo pero, si permites que el niño desaparezca, habrás crecido y ya no estarás vivo".

Richard Bach (Juan Salvador Gaviota)

 

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19/04/2006

Los libros...

 

 

Los Libros
 
Las personas algunas veces
son como los libros. 
Están llenas de datos inútiles
que en la vida diaria no son
aplicables.
 
Hay quienes son como los
libros especializados en
alguna materia en particular . 
Son fríos, técnicos y sabihondos;
pero en cuanto los sacas de su
área, no saben nada.
 
Así son quienes siempre hablan de
trabajo u oficio, las 24 horas del día,
en su azarosa vida, no existe
otro tema mas importante. 
Hay, los que parecen tratados
de filosofía, todos sus esquemas
son en el campo de las ideas.
 
Existe un frió desprecio hacia
otras corrientes o maneras de
pensar, reflejando esa conducta
con las demás personas.
 
También existen, como los
libros religiosos, que son mas
importantes las formas que
su contenido moral.
 
Se aprenden de memoria
las ceremonias y liturgias,
sin comprender el motivo
de estas y su función
final.
 
Otros son como los libros
de poesía, subliman el amor
a tal grado, que se enamoran
del amor. 
Y en la vida batallan para
acomodar sus ideales amorosos
con el incesante afán de construir
una relación a partir de lo poco
o mucho que saben compartir.
 
 
Hay quienes son como esos
libros caros y ostentosos, que
se compran por metros para
adornar oficinas y despachos,
a los que nadie hojea ni lee.
 
Sin embargo, hay otros rústicos
y sencillos, que seguirán iluminando
a quienes los posean, son libros
de todos y de nadie, esos que se
consideran universales, es decir,
siempre compartirán parte
de la vida de los demás.
 
Y por ultimo existen los libros
de tapas, esos que en su interior
las hojas están en blanco, pues
dejan su vida en manos de otros,
jamás fueron capaces de emitir
un pensamiento propio.
 
Se gastaron su vida,viendo la
de los demás,nunca vieron en
su provecho, fueron banales e
insulsos.
 
Lo lastimoso de esta actitud,
es que llegaran al fin, como
esas lacónicas lapidas que
solo dicen.....
Nació el.......y murió el......
 
Hagamos de nuestra vida
un libro que nos guste, que
hable de poesía, de tecnología,
de Dios, de principios morales,
de la ciencia, de la vida cotidiana,
de amores y desamores, de logros
y fracasos.
 
En fin, de nuestra existencia, vivida
a lo máximo, en provecho y experiencia,
para nuestro progreso y provecho de los
demás, seamos como esos libros que
atesoramos por siempre en nuestra memoria,
y que por el simple hecho de rememorarlos
nos trae felicidad.
 
Para que al libro de nuestra vida, seamos
nosotros los que pongamos en sus ultimas
letras, la palabra fin.
 
Pero eso si, en el apartado donde se
pone el nombre del autor,
pongamos valiente y satisfactoriamente
el nuestro.
 
! Ah !  y que no se nos olvide, que no hay
limite para palabras ni paginas, es mas
ni de volumenes , así que de nuestra vida, bien
podemos escribir toda una colección.
 
autor
Sergio Pérez Castañeda
Ensenada b.c. México

 

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13/04/2006

LA PALABRA MAS BONITA...

Yo elijo...la palabra vida

Y vos???

Podes votar desde aqui...

05:18 Anotado en De acá...y de allá. | Permalink | Comentarios (15) | Trackbacks (0) | Enviar a Email

08/04/2006

...

El alma tenías
tan clara y abierta,
que yo nunca pude
entrarme en tu alma.
Busqué los atajos
angostos, los pasos
altos y difíciles...
A tu alma se iba
por caminos anchos.
Preparé alta escala
-soñaba altos muros
guardándote el alma-
pero el alma tuya
estaba sin guarda
de tapial ni cerca.
Te busqué la puerta
estrecha del alma,
pero no tenía,
de franca que era,
entradas tu alma.
¿En dónde empezaba?
¿Acababa, en dónde?
Me quedé por siempre
sentado en las vagas
lindes de tu alma.

 

 

 

Pedro Salinas

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01/04/2006

NO

 
 
 
No es no y hay solo una manera de decirlo.
No
Sin admiración ,ni interrogantes ,ni puntos suspensivos.
“No” se dice de una sola manera.
Es corto ,es rápido ,monocorde,sobrio,escueto.No.
Se dice de una sola vez ,No.
Con la misma entonación ,No.
Como un disco rayado ,No.
Un no que necesita de una larga caminata o una reflexión en
El jardín ,no es No.
Un no que necesita explicaciones y justificaciones
no es No.
“No”tiene la brevedad de un segundo.
Es un No para el otro ,porque ya lo fue para uno mismo-
“No” es No
“No”, no deja puertas abiertas ni entrampa con esperanzas, ni puede
dejar de ser No, aunque el otro y el mundo se pongan patas para arriba.
“No” es el ultimo acto de dignidad.
“No” es el fin de un libro, sin mas capítulos ni segundas partes.
“No”no se dice por carta ni se dice con silencios, ni en voz baja, ni gritando
ni con la cabeza gacha, ni mirando hacia otro lado, ni con símbolos devueltos;
ni con pena y menos aun con satisfacción-
no es no porque No.
Cuando el no es No, se mira a los ojos y el No se descuelga naturalmente
De los labios.
La voz del No, no es trémula ni vacilante, ni agresiva, no deja duda alguna.
Ese No no es una negación del pasado, es una corrección del futuro.
Y solo quien sabe decir